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Qué podemos aprender de los franceses

Las comparaciones son odiosas, pero es lo que tiene la Europa común.

El domingo tuvieron lugar las elecciones presidenciales francesas. La derecha y la ultraderecha pasan a la segunda vuelta. Hasta ahí nada nuevo. El trauma ya se vivió por primera vez hace 20 años, con Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen clasificados para la gran final. En 2002 empezaba también el declive del partido socialista, con la derrota y posterior renuncia de Lionel Jospin, y el fin del bipartidismo tradicional derecha/izquierda.

La terminología de esta dicotomía ideológica, agujereada como un gruyère, ya pedía un replanteamiento en Francia a principios de los 2000. El socialismo escorado hacia la derecha que se desentendía del poder cuando lo alcanzaba y desilusionaba al espectro centro-todo, camaleónico, acomodaticio, con un alcanforado mayo del 68 en la manga, había perdido su espacio en la escena política francesa. La confirmación tuvo lugar ayer con Anne Hidalgo, apreciada alcaldesa de París, pero que ha tocado fondo presidencial con las siglas del partido.

La desilusión llama a la ultraderecha aquí y en China. Y en Francia, como en todo el globo terráqueo, sobrevuela los paisajes sin desfallecer con más o menos ruido hasta que llega el momento de posarse.

En el hexágono, antes del sorpasso, los medios habían pecado siempre de lo contrario que en España. Habían negado la existencia de la ultraderecha como posibilidad, relegándola al pelotón de los locos, de los alienados, de las ratas, del mismísimo demonio, convirtiendo a Le Pen padre en una reliquia manchada de sangre y odio con derechos democráticos. No se le invitaba a debatir en televisión como a otros líderes y, cuando aparecía, era tratado con desprecio. Algo increíble, si lo comparamos con nuestra España actual. Pero hay que recordar que en nuestro país también hubo una época en que ser de extrema derecha estaba socialmente mal visto. Y eso se acabó con la llegada de una derecha tricéfala radical, que traía una legitimidad renovada desde las oligarquías y los propios medios de comunicación.

Pues bien, volviendo a 2002, el pueblo francés habló y sucedió lo inesperado. La prensa se mostró consternada, con portadas impresionantes como aquella del diario Libération, completamente negra con una imagen de Le Pen abajo y un gran titular : « NON». A partir de ahí, ante la evidencia se empezó a dar un espacio necesario y coherente al entonces Front National, pero siempre combatiéndolo como se combate a un invasor, tanto desde los medios franceses como desde la clase política, separando bien lo que es la derecha de la ultraderecha, interpretando su ideología como un peligro para la Francia del siglo XXI y como contraria en su esencia a los valores de la República.

La realidad es que existe una conciencia pública real, anclada en la historia y en el rol protector de las instituciones, donde la laicidad ha sustituido a la religión con una especie de catecismo republicano. Y sí, este es el adoctrinamiento que se estila en Francia. Hay que añadir también que allí, salvo en el fútbol o el día de la fiesta nacional, ni los más recalcitrantes llevan banderitas por ningún sitio, quizás porque no son los herederos directos de ningún fascismo europeo.

Jean-Luc Mélenchon se queda a las puertas de pasar a la segunda vuelta de las elecciones francesas. A pesar de ello, lejos de encarnar la derrota, se consolida como la izquierda real, una fuerza progresista susceptible de aglutinar a otros movimientos en el futuro, ocupando ese espacio desperdiciado por los socialistas. Entre otras cosas porque, a pesar de que allí el centro de gravedad político busca la derecha, y Mélenchon ha sido presentado a menudo como un extremista, nadie calificaría a La Francia Insumisa de bolivariana o de terrorista. El desprestigio al que se pretende someter a Podemos en España, equiparándolo a Vox para borrarlo del tablero democrático no es una opción en el país vecino. Allí saben quién es el enemigo de la República. Y no es el mismo que el de la monarquía.

La particularidad española, tanto histórica como mediática, no ha puesto al PSOE en su sitio, que lleva bailando con lobos desde antes de que Le Pen padre metiera la patita en la segunda vuelta. No se le ha puesto donde tenía que estar porque aquí en el centro-derecha se quieren poner hoy los que pactan con los ultras. Tampoco al rey se le pone en su sitio, sino que se le inviolabiliza y se le blinda. Las instituciones antes que a la nación se protegen a sí mismas. Y la actualidad no hace sino recordárnoslo : ahí tenemos al alcalde de Madrid tolerando al pillo-comisionista de alta alcurnia porque no sabe o no le consta, como a aquella infanta no le constaban las pillerías de su marido.

En España no hay un cordón sanitario para la ultraderecha porque hay un cordón umbilical que nunca se cortó.

Para que luego hablen de la Europa común.

Covadonga Suárez

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