Podemos Poderío

Como si de una declinación latina se tratase, hace unos días se anunciaba la articulación posible de un concepto como si a toda idea le llegara su hora.

Por supuesto no es un crimen comprarse un chalet, toda España está hoy de acuerdo y más aún a la vista de la que está cayendo en el gobierno del PP. Todos tenemos cabeza y sabemos lo que te puede llevar a la cárcel, y aún así nada de ello sirve para sacar a algunos de la presidencia. Así que cómo pedir la cabeza de estos dos por comprarse algo. Algo así y más tenía en mente Pablo Iglesias. Eso creo.

Me he pasado una semana pensando en el porqué de la pifia, porque reconozcamos que, si no es ni crimen ni delito, es una buena pifia que el defensor de la vida digna en general se compre un chaletón mientras hay gente que se tira por las ventanas porque no tiene con qué pagar la hipoteca. Si no es para crucificar a nadie sí que es para preguntarse por qué unas cuantas veces. Así que…

Punto 1 : me da la impresión de que no puede haber sido pecado de inocencia después de tantos años politiqueando. Sabían que la derecha iba a afilar los cuchillos con rapidez fulgurante y se los iba a comer crudos, y que la opinión popular corría el riesgo de agitarse duramente en un momento de subida en los sondeos. Subida en los sondeos, sí.

Punto 2 : el descuido, pifia típica de un numero 356 del partido, el alcalde de un pueblo perdido de Extremadura, la excepcion que confirma la regla que es la línea recta del partido, no es de recibo. Y no se les puede haber subido el pavo ni la sangre a la cabeza como a esas estrellas del rock que de repente se creen que pueden grabar cualquier basura y que sus discos se van a vender igual.

Punto 3 : ¿por qué los números 1 deciden que no es imprescindible tomar el pulso de la calle, por qué alejarse del olor del hormigón popular, por qué dejar atrás o de lado el espíritu insobornable del 15 M y brindar con los nuevos ricos? No pudo ser error de cálculo, ellos sabían lo que representaba ese viraje en una idea pura, precisamente en el momento en que estaban subiendo en los sondeos. Los sondeos, sí, repito.

Punto 4 : Ellos saben que a la izquierda no se le perdona un formateo, una insinuación que suene a hueco, un pequeño coqueteo de billetero, que la mujer del César -y el propio César- además de ser honrada tiene que parecerlo, que el PP puede robar y conservar el puesto y que la izquierda debe ser impoluta para al final no salir elegida.

Y… sí, para no salir elegida. Pues bien, aquí llega el momento en que todo empieza a clarificarse : el instante en que a Pablo Iglesias le brillan los ojos y, como no ha cometido crimen alguno, decide poner su conciencia en manos de las bases pronunciando aquel “Si me queréis, irse” pero al revés, si no me queréis me voy, algo que en el pasado ya le había salido bien a más de uno. Las bases se revuelven, se emocionan y dicen “éste es mi Pablo y señora”. Y nadie se atreve a despedazarlos por manirrotos. Por supuesto que no, sería una soberana exageración. Así y todo, algunos se percataron del chantaje emocional. ¿Y si la pregunta se hubiera formulado de manera menos dramática, de forma menos expeditiva? Algo como pedir opinión, algo como ¿creéis que seguimos representando la idea que votásteis?, y entonces ahí Pablito e Irene hubiesen podido extraer unas cuantas enseñanzas de la respuesta y tomar la decisión ellos solitos.

Pero eso no podía ser, la respuesta al porqué que yo me harté de buscar la sobrevoló el propio Pablo Iglesias cuando dijo haberse endurecido como nunca para ser el próximo presidente. Tocar el tema en medio del caos fue una luz al final del túnel, y la victoria cantada se hizo carne. Ahora tenemos un nuevo duro, un nuevo león que podrá medir sus uñas con cualquier joven lobo que pretenda hacerle sombra, para que esta vez ser oposición puntúe como si no lo fuera. Y además, el rey tiene reina. Pasamos del “Ahora Podemos” al “Ahora Irene y yo Podemos”.

Yo no sé exactamente el porqué, pero sé que la corriente desplaza los cuerpos y el hambre agudiza el ingenio, y de esta certeza no nos salva ni la caridad.

 

Covadonga Suárez

 

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