La legalidad supletoria

Vivimos en el tiempo de los muebles suecos, donde lo funcional impera porque nos sirve el diseño a precio de ganga. Reina porque nos saltó al ojo como en otro tiempo el american way of life, que transponía el cartoon a la vida cotidiana. Ya no hay color como el del sombrero de Doris Day o el del pijama de Paul Newman, pero hoy tenemos la madera aterciopelada, cálida a la par que escandinava, de cualquier marca lowcost para aderezar la pieza central, el eje, de cada casa. Y cada casa, aún comprando alienada y ordenadamente, ya se sabe, es un mundo.

Lo importante, en tiempos de crisis, es adaptarse, como esa mesita que no es mesita pero que se sitúa al final del sofá y, sin ser mesa de salón ni de comedor, ni de noche, resulta tan socorrida como un salvavidas. La sin nombre es supletoria. Es la auxiliar, la que nos salva, como una ley de transmisión, una ley transistor, que resulta mejor aplicada que definida, que es más medio que fin. Util, móvil, modulable, superponible, siempre y en todo lugar o circunstancia.

La legalidad auxiliar, la de hoy, es así, es moda y a la vez moneda corriente, elástica, plástica y aplicable en tiempo record. Y vale para todo. Hoy gracias a ella redefinimos España, y todo sin cambiar las leyes ni la constitución, ni el modelo de estado, porque la legalidad sobrevuela la ley, la envuelve, la aprieta y la afloja y le cambia el nombre sin cambiar la letra.

No hace tanto comprobábamos que la legalidad legitima la ley hasta el punto de disolver un parlamento como una aspirina, dependiendo de quién agitara lo legal, que no la ley, dependiendo de quién tuviera el chorro de aire y el arranque y el empuje. A partir de aquel momento la legalidad , como la mesa de apoyo, tuvo medida estándar, discreta y contundente, se redondeó la cifra a 155, el centímetro de la ley prêt-à-porter, que acorta, ensancha y se adapta a la situación. Ahora sucede que en nuestro día a día, el suave discurrir de la vida engarzada al frenético debate han creado la ilusión óptica de estar presenciando un escenario elegido por cada uno de nosotros. Los hilos indecentes que movieron aquel pequeño mundo fueron rápidamente agua pasada. Si se descabezaron ideas, se enchironaron o persiguieron a porrazos, todo quedó atrás en el 80 % del territorio. El 155, siete meses después, se toma diluido, y tiene la solera -y casi el nombre- de un brandy setentero, que ha helado la sorpresa y la pregunta con un dogma histórico recién desenterrado. Pasó a la sangre del contribuyente con una velocidad vertiginosa, por eso, hoy sacar de paseo la legalidad auxiliar es como sacar al perro, y se saca todos los días en formatos diversos : en 2018 la crítica del lenguaje directo puede acabar entre rejas mucho antes que la corrupción, el terrorismo o el golpismo se definen con la epidermis, y una violación además de serlo tiene que parecerlo.

Respiramos un aire donde lo impensable hasta hace poco es ahora posible y, por otro lado, nada ha cambiado, porque Cataluña sigue sin gobierno y eso supone un gran contratiempo democrático. Presos, exiliados y diputados se niegan a tirar la toalla de la legitimidad, mientras el Constitucional hace horas extra haciendo y deshaciendo como el que tricota y no le sale el jersey.

Es la era de lo amovible y si la ley fuera un chicle estaría viviendo su plenitud.

 

Covadonga Suárez

El 155, siete meses después, se toma diluido, y tiene la solera -y casi el nombre- de un brandy setentero, que ha helado la sorpresa y la pregunta con un dogma histórico recién desenterrado. Clic para tuitear

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6 respuesta a “La legalidad supletoria”

    1. Muchas gracias, Jorge. Lo tremendo es que esta situación, a la que se llega agitando una legalidad ilusoria, pueda normalizarse y formar parte del paisaje, como tantas otras. ¡Gracias por compartir tu opinión!

  1. Los últimos “movimientos” del establisment confirman la sensación de “cualla” que transmite el artículo de Covadonga.

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