La era de la política friki

 

Hoy quiero llamar a las cosas por su otro nombre.

Hay que reconocer que cuando en cuestión de días el Supremo nos tira encima la hipoteca de los bancos, se lincha a un humorista por sonarse a la bandera, y se descubre a un franquista amenazando con asesinar al presidente del gobierno, ya tenemos pruebas suficientes para comprobar que todo ha cambiado. La verdad es que esto no sería posible sin la tendencia que ocupa nuestra cabeza desde la moción de censura que barrió del poder a la corrupción. Esas bacterias estaban ahí antes, como pasa siempre con los síndromes paulatinamente envolventes y enajenantes, pero ahora se manifiestan en la propia piel. Estamos en la era de la política friki.

Sin tener por qué, la moción cerró en falso, entre otras cosas gracias a la campaña siembra-dudas oficiada desde una oposición con pataleta democrática aleatoria. Y el ser o no ser basado en la urna que mece la cuna, hizo nacer el gusano que todo lo pudre. Supongo que si se puede llamar golpista a cualquiera, también se puede llamar okupa a cualquiera, así como proetarra, terrorista, etc. Los conceptos se llenan y se vacían de contenido cada día en función de las necesidades del momento. Y de inflar y desinflar nace la deformidad y el frikismo político que lo invade todo.

Lo nuevo y lo renovable no tienen historia. Aunque lo viejo les corra detrás como su propia sombra, viajan en compartimentos estancos, para eso están las cárceles retroactivas y las cómodas dimisiones. Pero el lado malo es que con tanto enchironamiento por corrupción y villarejismo en acción ya no nos quedan cerebros a los que echar mano : la careta-emblema del frikismo sólo contiene instintos e imagen pública en la que cualquier autocuestionamiento sería un fallo del sistema. Y el modelo se sostiene. Basta un buen logotipo, un buen espónsor y una buena promoción con los coristas tertulianos repitiendo sus glosas hasta el infinito para que el ambiente no decaiga .

La palabra friki, que también posee connotaciones de circo y feria, define igualmente lo extravagante, raro, o a quien posee una afición desmedida u obsesiva. Y aquí el espectáculo está asegurado, así como la inclinación irresistible por buscar camorra para otros : ir allí donde no te esperan a recoger el grano para luego ir a sembrar el rechazo en tierra fértil. Los frutos son por ejemplo la histeria colectiva desatada con el sketch de la bandera que pone en tela de juicio la flexibilidad de nuestra sociedad actual. Resulta curiosa la hipersensibilidad demostrada en 2018, teniendo en cuenta que a principios de los 80 lo que estaba mal visto era ostentar la bandera. Y eso por dos razones obvias : porque el pasado reciente era el escaparate inmediato de las consecuencias de la agitación patriótica en base a una fuerte simbología, y, otra más lógica, porque agitarla simple y repetidamente sin motivo o como oposición a algo es necesariamente sintomático de una actitud perversa.

La irreverencia formaba parte integrante de la libertad artística y expresiva de la época, situación que se ha invertido en la actualidad. Hoy renace el patriota recalentado, en presentación kitsh, como resultado del líder friki, una nueva raza de justicieros que van de la redes sociales al asfalto -con más o menos arsenal- llamados a cada paso a proteger una idea de España con el disfraz de la España común.

Y, como en los mejores preámbulos de una decadencia, con el orden traspuesto y sentenciados por la era de la política friki, seguimos adelante.

Covadonga Suárez

Hoy renace el patriota recalentado, en presentación kitsh, como resultado del líder friki. Clic para tuitear

2 respuesta a “La era de la política friki”

  1. El frikismo sin sábana ni bandera. Una saga de personajes irrelevantes mantienen una tensión en este país que les hace parecer algo así como fantasmas de ultratumba.

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