Gatsby en desescalada

Al inicio del confinamiento, algunas plataformas ofrecían difusiones en abierto, las revistas proponían listas de películas y series para el incipiente encierro. Pero no parecen proliferar en los últimos tiempos los consejos cinematográficos para la desescalada. Sin embargo, nada más vertiginoso y desestabilizante que una apertura de compuertas ante lo incierto, nada tan arriesgado como ser dueño de sí mismo y de sus deseos. Algo como Gatsby y el mundo que le rodea.

Lo que éramos y lo que vamos a ser es lo más cercano al presente. La imagen, lo más cercano al recuerdo. Por eso me vienen a la mente dos películas -de 1974 y 2013-, las dos últimas versiones cinematográficas del clásico de F. Scott Fiztgerald. Para quien haya visto la encarnación de Robert Redford puede resultar inimaginable una versión posterior, sobre todo por la impronta que la película del 74 dejó en las conciencias en su aportación a la construcción del mito. Sin embargo cuando se estrenó la película de Baz Luhrmann muchos fans corrieron al cine con el ansia de ver renacer a Gatsby. El personaje es eterno, y eso es lo que crea adicción. Aún así, muchos se esperaban algo más sacrílego por desenfocado.

Las fiestas, el desenfreno casi adolescente, la música marcadamente contemporánea, podían haber hecho crujir a cualquiera. Pero, la modernidad bien entendida no tiene época, y esta versión es la prueba de que los años 20 del siglo XX fueron la época más moderna que jamás haya existido, que cualquier juventud, cualquier delirio nacieron entonces y cualquier proyecto de intensidad está condenado a revivir aquel concepto. Desde los locos años 20, la democratización creciente del carpe diem, el acceso a la diversión de todas las clases, bolsillos y edades nos ha hecho expertos en el tema. Y este Gatsby venía, entre otras muchas cosas, a proclamarlo. Hay un remozado de paillettes, de velocidad, de reflejos intensos en la carrocería de un coche, de un saxo o de una copa de champagne, siempre acentuando la luz cegadora del verano de 1922. Los coches que van a las fiestas de Gatsby siempre se desplazan abarrotados y a toda velocidad, los ocupantes van mal sentados, impecablemente vestidos, descolocados, descocados, ruidosos. Las habitaciones de los hoteles son lugares de encuentro, de ambiente art déco chic-kitsh, donde la única suciedad proviene del festejo en el que los convidados comulgan fervorosamente con la vida.

Sin embargo la decadencia se respira desde el momento en que sabemos que la historia descansa en una proyección futura de un personaje que llega del pasado. Y ese estar de paso en el presente hace que el dorado esplendor ante los ojos sea visualizado irremediablemente como una foto antigua. Para foto, tomemos aquel cliché imposible, idealizado como un recuerdo : un coche con unos jóvenes negros, elegantes, modernos, que a plena luz de mediodía cruzan el puente de Brooklyn llenos de música y plenitud en un descapotable con varias cajas de resplandeciente Moët & Chandon, mientras, bajo el cielo radiante azul una avioneta roja inicia algo semejante a un looping.

El gran logro de esta película se resume en ese instante. Y, apoyándose en esa idea se reconstruye el mito de Gatsby bajo un prisma más joven y tembloroso.

Jay Gatsby

Luhrmann le da al personaje el derecho a la fragilidad. Leonardo Dicaprio, cuya expresividad es más inquieta, así como su presencia física, se transforma en una aparición irreal sobre el embarcadero. Robert Redford, por su consistencia, transcurre y permanece a través de las escenas : su romanticismo asumido, integrado, no se mueve de su propia imagen.

De este modo, la determinación tiene dos expresiones : a Dicaprio lo vemos sufrir, dudar de sí mismo, recomponer su estrategia y volver. A Redford podemos verlo reflexionar con una gran seguridad que procede del carácter de un Gatsby más viril. Sus esperas sugieren la actividad mental y transmiten oleadas de silencio. Dicaprio pierde los estribos, intenta convencer y se sitúa a veces al borde de las lágrimas. Entrevemos que algo no saldrá bien, y que si algo no sale bien no podrá sobrevivir al fracaso.

Daisy Buchanan

Todo ello se apoya en una pareja que alimenta el prototipo. En 2013 Carey Mullingam es una Daisy más independiente de lo que era Mia Farrow. Es más moderna, más consciente, más melancólica : en ella descansa la suerte de Gatsby. Sin embargo, en la versión del 74, Daisy es mentalmente frágil e influenciable, casi una niña, casi desquiciada por momentos. Intuimos que Buchanan, su marido, un bruto adinerado interpretado por Bruce Dern, mantiene un poder psicológico-animal sobre ella. En cambio, el sublime Joel Edgerton necesita ser más maquiavélico y manipulador para recuperar a Daisy y aporta un relieve insospechado a la construcción del personaje, necesario para hacer zozobrar ante los ojos de su mujer la imagen de Gatsby.

Nick Carraway

Lástima de Tobey Maguire en narrador-testigo de la historia, que pasa por el 90% de las escenas con cara de haberle tocado la lotería, y que convierte a su personaje en muleta de los otros. Sam Waterston aportaba no sólo una reinterpretación de la amistad masculina sino una discrección natural evocadora de una marginalidad social (quizás ya sugerida por un físico en claro contraste con la rubiedad pudiente).

Si reinterpretar a Gatsby es tan arriesgado como posible, lo es por las múltiples perspectivas que aporta la historia y que ofrece la vida. Hoy el mundo parece ser el mismo, aunque diferente, como nosotros, en nuestra nueva versión, una primavera después del encierro, un siglo después de aquel verano. Pero, en todo caso, siempre de actualidad.

Nada más vertiginoso y desestabilizante que una apertura de compuertas ante lo incierto, nada tan arriesgado como ser dueño de sí mismo y de sus deseos. Clic para tuitear

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