El pin campeador

El útimo partido en irrumpir como Atila en el congreso tiene una apetencia desmedida por los símbolos históricos (banderas, pistolas, reconquistas) y los titulares épicos. Parece que todo penda de un hilo y todo dependa de un temblor. Y para resucitar viejas glorias de difícil manejo democrático e imposibles beneficios colectivos es también necesario resucitar al monstruo ruso que recreaban sus antepasados, hablar de comunismo y de sectas acompañándolo de cortinas de humo.

La última gesta orientada a la evangelización anti-impía es una cruzada educativa que concierne a un pin campeador llamado «parental» y que pretende salvar España por enésima vez. El recurso que nos cuelan en cada ocasión es una marrullería permanente en formato despechado : plantear algo con grandes gestos ofendidos, con un aura de león defendiendo a sus cachorros, utilizar la acusación con el fin de paralizar al oponente, que empieza a explicar su tesis para sacudirse el etiquetado de bolchevique y/o degenerado. Ahí empieza todo.

Lo del pin, como tantas otras estrategias de la oposición, parte de una base errónea pero desemboca en el fructífero debate de cómo educar a los niños retorcido hacia el malintencionado “quién debe educar a mis hijos”. El planteamiento del pin pretende llevar la cuestión al terreno propio y personal, excluyendo de paso a una parte de la población (a los adultos que no tienen hijos y a los niños que no tienen padres) e incluso al mismo estado, responsable de la educación pública, igualitaria e inclusiva garantizada por la Constitución de un estado laico. El debate, planteado en esos términos, crea dos bandos opuestos, reafirma a la izquierda en los valores de lo público y de una sociedad plural, y propulsa a la derecha en la exigencia de una educación a la carta dentro de lo público, algo de por sí provocadoramente contradictorio. De nuevo la derecha obtiene satisfacción al crear bandos y alimentar el revuelo que eso conlleva, al llevar el ruido a donde nunca lo hubo para alentar la anarquía en forma de derechos de padres coraje.

Pero rebobinemos. Lo del pin parte de una base errónea. Por un lado, ya es extraño que el vocablo en sí no haya escandalizado lo suficiente. Un pin sugiere una cosificación evidente del niño al suponer que su cerebro se puede activar o programar al gusto de un consumidor llamado padre, como si ir a la escuela pública fuera equiparable a abonarse a una plataforma de series. Por otro lado y en consecuencia, no resulta difícil deducir que el objetivo del pin era más la protección de la“sensibilidad” paterna que la de la filial. Sin embargo, el tema se desovilla hasta el infinito porque nunca entrar al trapo ha estado tan de moda ni ha sido tan fácil. Los estrategas de la camorra lo saben y pretenden seguir con el plan, madurado el día de la perreta del siglo en aquella sesión de investidura.

El proceso del pin campeador ha sido el siguiente : los salvadores dan carnaza, el PP dispara al aire, la prensa se precipita, el ciudadano se agita. Mientras los reconquistadores del viejo reino sembraban la duda disfrazada de legítima defensa se ha elevado la ramplonería argumental al escenario de lo razonable antes de que se hiciera la luz bajo el umbral de una puerta abierta a todas las excentricidades. El error de base está en el oponente político y en el ciudadano, por entrar en el juego -y a la defensiva- contra una opción política que blande la difamación y la hipérbole para plantear una propuesta. Su único plan es desarrollar un discurso donde el objetivo es y será siempre deslegitimar al gobierno y al estado identificándolos.

Así es como un arranque infundado, desenfocado, al servicio de un interés ideológico personificado en la extrema derecha, con todos los elementos de un mal chiste, se cuela hasta el fondo de la red mediática. Una vez más.

Covadonga Suárez

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