Sucedió con Brigitte Bardot a las puertas de 2026, y una semana después con Julio Iglesias. Con la muerte de la cantante y actriz francesa el pasado 28 de diciembre, la opinión pública se revolvió en un acto de memoria colectiva que dividió al país vecino. Las redes sociales se llenaron de imágenes de Brigitte Bardot en su época dorada, cuando se convirtió en icono del cine y de la moda, se codeó con los directores de la Nouvelle Vague, e incluso realizó incursiones en la música de la mano de grandes como Serge Gainsbourg.
Seamos claros, ni Brigitte Bardot era la mejor actriz francesa, ni poseía una voz excepcional : BB era carismática, sexy y libre, en una época en la que pocas podían permitírselo. Su imagen traspasó las fronteras, arrasando todo a su paso. Y su retiro a los 39 años aceleró el mito y selló su inmortalidad.
Ahí empezó su lucha por la defensa de los animales, a la que dedicó el resto de su vida, y con la que obtuvo logros destacados. Una pena que la cosa no se quedara ahí. A la par que se acercaba a los animales, también se acercaba a la extrema derecha. En 1992 se casó con Bernard d’Ormale, consejero de Jean Marie Le Pen en el Front National. En 1999 y, sobre todo, en 2003, se publicaron los libros donde quedó plasmado su racismo, su xenofobia, su homofobia, y su anti-feminismo. Hay que decir que ya apuntaba maneras desde hacía tiempo, pero la virulencia de sus escritos y sus intervenciones en los medios le valieron 6 condenas por incitación al odio.
Su muerte, en Saint-Tropez, lugar que ella reinventó y promovió vinculándolo a su imagen, y su entierro, en aquel mismo lugar, cerraban el círculo perfectible de su leyenda. La polémica surgió cuando diferentes personalidades del mundo de la política pidieron un homenaje de estado. «Era una gran dama », « una diosa », «dedicó su vida a la defensa de los animales», escribían sus adeptos en las redes. Frente a ellos estaban quienes recordaban que no se puede homenajear a quien no encarna los valores de la República.
Estallaban las mandíbulas de sus canes más fieles y feroces, pero también las del francés medio, que no soportaba ver expuestas las vergüenzas de un monstruo sagrado que había prestado su rostro a la Marianne, y había irradiado la luz de Francia sobre mundo. Para ellos, la « santa de los animales » merecía un reconocimiento, y la ofensa provocada por sus detractores no era por carecer de argumentos sino por remover la basura y no saber separar a la persona de la artista. El estrabismo popular solo ve una diosa poliédrica y, en sus declaraciones llenas de bilis, un signo de autenticidad o de honestidad sin filtros.
Sin embargo, BB tampoco fue única en su dedicación a la causa animal, ni siquiera en la falla de la que suele surgir en estos casos. Otros, antes y después que ella, ante la incapacidad para comprender o aceptar la complejidad humana se refugiaron en la naturaleza idealizando a los animales1. Por fortuna, en el resto de los casos ese amor se explica desde una mecánica global de empatía hacia todos los seres vivos, especialmente hacia los más desprotegidos.
Pero volvamos a la glorificación monolítica del mito. Lo mismo pasa con nuestro Julio nacional, donde la presunción de inocencia ha alcanzado proporciones inimaginables en una parte de la sociedad. Hablamos de aquel Julio coleccionista de mujeres, que lo mismo se fotografiaba en una piscina rodeado de chicas en bikini como de indígenas semidesnudas en una isla. El latin lover mundial, señor de todo lo que se mueve, «de tanto correr por la vida sin freno» (como decía la canción) acabó montando la cacería en sus dominios, dado que su edad ya no le permitía desplazarse al monte donde todo es orégano.
En el caso español, la realidad es más compleja puesto que estamos hablando de actos. Aquí solo cabe la venda en los ojos a modo de santo sudario supremacista, el mismo que en el caso de Plácido Domingo empujaba a justificar y a aplaudir. Para una parte de la sociedad esta polémica es el reflejo del Via Crucis masculino, que hace presuponer que el agresor es la auténtica víctima (y viceversa) mientras no se demuestre lo contrario.
La resistencia a la desintegración del mito Julio Iglesias no es una simple cuestión ideológica o de creencia mediática, sino de resistencia al avance de la igualdad. Tres años de investigación periodística no son suficientes para resquebrajar las posiciones de nuestros más rancios ultras, entre los que se encuentra una parte de la desacomplejada clase política afanada en negarlo todo. Estos ideólogos han adelantado por la derecha y sin argumentos al voceras del bar con tal de no sacrificar a ningún embajador de España, rico, poderoso y varón de nacimiento. El escepticismo generado en el español medio es, sin embargo, otro cantar, quizás por una caricaturización progresiva de un personaje cuya pose y ademanes corresponden ya a otra época.
No obstante, y a pesar de toda la información disponible, siempre habrá, en el caso español, alguien dispuesto a demostrar que es más fácil invadir Venezuela que deconstruir un mito. Y en el francés, no faltará quien haga oídos sordos con un «Vive la France!».
Covadonga Suárez
