Una teoría del caos informativo

Para caos, el coronavirus.

Entre las teorías de las conspiraciones, los manejos de laboratorio, pasando por los hábitos evidentes o estrafalarios que permitirán no contagiarse, ya hemos oído de todo en todas partes. Después de la cobertura non-stop de los medios, la venta desmedida de mascarillas, los chistes, y los perfiles conmemorativos en las redes sociales, ya todo el mundo tiene una idea y un grado de locura al respecto.

Elaborar una teoría o forjarse una opinión es tan fácil como responder a una pregunta imaginaria. Hagamos la prueba. Imaginemos por ejemplo cuál sería la respuesta a la pregunta : «¿qué es la extrema derecha?». Pues bien, podría responderse de forma ligera, y señalar ese gusto por lo clásico y lo renacentista, sí, porque los clásicos nunca pasan de moda, y renacen por oleadas según las tendencias y los huecos que la decepción sociopolítica va dejando. A continuación podría hablarse de la rigidez costumbrista de su ideario y su retórica. Pero ya empezando a matizar, habría que reconocer que en el siglo XXI hace falta algo más que la mal llamada nostalgia para que suban las apuestas. Y esto nos haría detenernos un rato en el modus operandi del ultra moderno ilustrado. En efecto, hay que desprestigiar al adversario, meter dedos en llagas aunque sean imaginarias, y situarse en las redes para la difusión de fantasmas panamericanos, transiberianos, y otras jaujas del imaginario mediático-colectivo.

En definitiva, hay que articular una ofensiva. Crear explosiones virales aquí y allá, poluciones verbales dignas de un reality con las que escandalizar, enervar y dar pie a la difusión masiva cuyos mecanismos y bases no son muy diferentes del morbo que impulsa ciertas emisiones televisivas, todo emoción inmediata y provocación. Ejemplo: el invento del pin, donde la polémica que garantizaría su difusión estaba servida de antemano. El pin que vigilaría los tiernos cerebros reproduciendo los esquemas de los progenitores, su ideología, sus temores y sus prejuicios, con el fin de perpetuar esa especie que pone freno a las transformaciones de la sociedad para mantener su dominio sobre ella. Y poder seguir buscando ideas sin prisa. Y  seguir martilleando sin pausa en y por todos los medios a su alcance.

Personalmente, esta reflexión me lleva a otra : que la comunicación a cualquier nivel, tal y como está siendo utilizada hoy en día, favorece a menudo el tremendismo, el histrionismo, y la adrenalina. De ahí el éxito de los bulos, y el impacto de las imágenes, por ejemplo, antes de pararse a pensar si la información está o no manipulada.

Por otro lado, el concepto de zapping y la competencia de lo viral crea unas exigencias mediáticas al margen de los contenidos que alteran la transmisión de la realidad. Por eso -dejando a un lado los poderosos intereses políticos y económicos con los que muchas empresas y gobiernos quieren remar-, ha sido tan fácil desatar la histeria colectiva con el coronavirus.

La crónica de esta gripe contiene todos los elementos para triunfar. La irrisoria tasa de mortalidad a día de hoy y los pocos riesgos que supone en personas sanas pasan a un segundo plano cuando se le da el tratamiento hollywoodiense de películas estilo « Contagio » (2011), o de apocalipsis zombies que siempre empiezan con un virus y acaban transformando la faz del mundo. Lo intrascendente del fondo se esfuma cuando la presentación engancha y se reproduce 24 horas al día. El formato actual hace que la desinformación se acabe abriendo paso, y que una economía como China aparezca como un mercado lúgubre y cutre a los ojos del mundo occidental.

Elaborar una teoría o forjarse una opinión es como responder a una pregunta. Pregunta que nadie hace y que nadie hará, pues hoy la información existe antes de que existan las preguntas. La sociedad está plagada de ejemplos, de fabricantes de storytelling que se mueven en distintos ámbitos, dispuestos a cambiar el rostro de la actualidad a cambio de resultados inmediatos. Por eso, la realidad que conocemos es en muchas ocasiones una respuesta enlatada, fabricada especialmente para las tripas del consumidor. Y casi nunca es made in China.

 

Covadonga Suárez

 

Hay que articular una ofensiva. Crear explosiones virales aquí y allá, poluciones verbales dignas de un reality con las que escandalizar, enervar y dar pie a la difusión masiva. Clic para tuitear

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