Umbrales subterráneos

En estos tiempos de fútbol, empezamos a hablar de prostitución. Y todo gracias a un pleno que se desarrolló en el ayuntamiento de Pinto (Madrid) hace unos días.

Las declaraciones de la edil del PP, chocantes, por rocambolescas y surrealistas, no eran todo lo insulsas que aparentaban ser en un principio, al menos no en su totalidad aunque el tratamiento del tema alcanzara ciertos límites de simpleza. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que la cuestión no se puede abordar hablando de “puteros”, “discapacitados”, o “feos”, como fue el caso. Se armó revuelo en las redes, en las casas, y en los bares. Porque, para qué negarlo, hablar de prostitución y de necesitados provoca sonrisas ladeadas y hasta alguna que otra risotada. Las declaraciones de Rosa Ganso hicieron que el oficio más antiguo del mundo tomara visos de ONG, la justificación de la prostitución pasaba por una especie de servicio social, casi parecía que iba a acabar pidiendo una subvención. Supongo que su intervención esperaba invalidar la propuesta socialista, crear una sima frente al hecho de erradicar, abolir algo que funciona y sirve, situar la medida pretendida por el PSOE frente a una falta de realismo.

Eso fue todo lo que trascendió. A mí personalmente me hubiera gustado tener más información sobre los argumentos del partido socialista para querer prohibir la prostitución, y que el PP, al oponerse, ofreciese una alternativa coherente a su mantenimiento. Es difícil hablar de estos temas y escoger las palabras adecuadas, pero ¿alguno de los allí presentes se había asomado antes al quicio de la mancebía, o había telefoneado al servicio puerta a puerta, o había ido al mercadillo de la última acera o del último parque o descampado? El mundo se divide entre los que sí y los que no. Si entre los presentes había alguno que sí, no iba a soltar prenda en un pleno municipal, y los que no, esos, no podrían hablar con conocimiento de causa.

Ciertamente, discapacitados, desafortunados variados pueden acceder a estos servicios, acordados, pactados, como tantos tratos mercenarios, tácitos, mucho más implícitos, y que no llevan ese nombre, que personas de otras categorías sociales sellan en el día a día en las altas esferas de la guapura de un despacho encerado, de una reunión de profesionales brillantes, de un cóctel soleado, todo ello maquillado de normalidad puntera y sin un atisbo de compra-venta. Cuántos intereses económicos, profesionales y sexuales se entrecruzan a diario en lugares más o menos pulcros. La prostitución en ese ámbito no respira, no molesta y además es incontrolable, injuzgable, inaprehensible. Intocable.

Pero volviendo a la otra prostitución, estamos en tiempos de fútbol, y aunque es muy fácil caer en los tópicos del alcohol y la fiesta unidos al desmadre machorro, lo primero que me viene a la cabeza no es una tropa de ultras desaforados sino todos los escándalos con prostitutas que rodean a un buen número de futbolistas profesionales, jóvenes, musculosos, adinerados, muchos de ellos guapos, que en un momento dado recurren a chicas y bacanales variadas.

La prostitución es una red en el más amplio sentido de la palabra, donde puede quedar prendido el más guapo y el más feo, el más rico y el más pobre, el más discapacitado y el más atlético. Esa red en la que cabe el más pintado -no sólo en Pinto- debería cumplir unas normas. Proponer la ley seca para un oficio tan antiguo, es como proponer achicar el Jarama con una esponja. Sin embargo, ¿qué tal si para empezar se adoptan medidas que protejan vidas, que impidan o castiguen abusos y violaciones de extrarradio, la trata, la explotación de menores del submundo, y se traspasa el quicio de esa puerta con un afán protector? Señores que velan por los destinos de todas y todos los españoles. Sí, incluso por los de esos. Y los de esas.

Covadonga Suárez

Proponer la ley seca para un oficio tan antiguo, es como proponer achicar el Jarama con una esponja. Clic para tuitear

2 opiniones en “Umbrales subterráneos”

  1. Visión caleidoscópica e independiente de un asunto tan viejo como el hambre. Imposible pasar de largo sin una salva de aplausos.

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