Tú dale que libras

El apoyo de Rajoy fue tan con todas las letras que desconcertó a todo el mundo. Qué admiración sin condiciones, Cifu fue por unos días la nueva diva. No sin algún que otro esguince moral entre el auditorio : incluso a Ciudadanos su última muda de piel se le quedó translúcida y, del desasosiego, Albert se pidió una encuesta para estudiar el ángulo de cómo situarse. El, que tiene peinada la zona de la situación y pinta una X en el suelo antes de cada aterrizaje.

Aunque Rajoy mareara la perdiz durante semanas el mensaje subliminal era “Tú dale que libras”, ya ni cuando ella misma se esperaba que la creyera nadie y había largado por la boca el sustrato de los chistes de whatsapp de los próximos meses. Ella, que hace un año justo escribía las tablas de la ley de la rubia de bote : cómo triunfar sin que se note, cómo hacerse la tonta para subir puestos, por qué ser rubia es guay en un mundo de hombres machistas, y cómo todo eso merece la pena. La subestimamos, yo la primera, por pensar que la presidenta de la comunidad autónoma de Madrid no podía ser una de esas rubias, porque aprovecharse de una situación rebajando el nivel tenía todos los visos de ser inmoral, y porque después de tantos años de lucha feminista María Cristina ya no quería gobernar sino que seguía la corriente, descartaba el cerebro de la mujer para que decidiera el mundo del hombre dominante que, al estar basado en prejuicios, es por deducción, erróneo, débil e inestable. La subestimamos, porque quien nos estaba dando las claves de la mujer retromoderna era la más rubia de todas. Por eso, y no por otra cosa, el presidente del gobierno español le dijo : tú dale que libras. Estamos rodeados de linces de otro calibre, y eso descoloca a cualquiera, al más cándido como al más trepa. Las reglas del juego son sociopartidistas y traen la impunidad, desde hace tiempo, cosida en el traje.

Nuestra diva no quería irse al Caribe, podía seguir viviendo de lo mismo y además sin disimular ni andarse por las ramas. La Cifu era el icono indestructible : tú puedes ser lo que quieras y lo que no, ni siquiera tienes que ser consciente. Puedes tener un título en el olimpo de los masters del universo, soltar que te tocó en el tiro y acto seguido ganar la medalla al mérito. Nadie es capaz de tal abrumador currículum, pues inútil es estudiar carrera, demostrar valía, o ser, simplemente, morena, si se puede tener todo a cambio de nadísima. “Seamos rubias” -transmitía ella por antenas invisibles- y para ello bastaba con hacerse la tonta hasta parecer inocente, sin por ello engañar a nadie. Y esa hazaña no está al alcance de cualquiera. La nueva rubia no se hace, nace, y espera el momento y el padrino, casi sin querer, como posada cual nenúfar. La nueva rubia se hace violentamente la encontradiza, pero no elige, la eligen, pues la nueva democracia de los hombres sobrados y las “siendo rubias” ya viene masticada.

Pero con su caída se vino abajo un savoir faire ultra-sui géneris y la esfinge que lo representaba. Se rompió el hechizo el día en que la rubia pasó a la acción, el día en que a pesar del afán de rubiedad le falló una crema anti-arrugas.

La información-losa, garante de humillación, que esperaba el desliz de la diva de lo casual -justo a su vera- cayó como ley divina y con estrépito memorable. De no ser por ese tiro de gracia, por qué poco no nace una estrella. No somos nada desde que los límites del bien y del mal bailan el cancán. De repente, la carrocería hecha trizas ya no la cubre el seguro.

 

Covadonga Suárez

 

De no ser por ese tiro de gracia, por qué poco no nace una estrella. No somos nada desde que los límites del bien y del mal bailan el cancán. Clic para tuitear

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