Los canes del rey. Capítulo I.

Delante de nosotros se suceden uno a uno los episodios de forcejeos y traiciones, que ya quisieran para sí algunas plataformas de difusión de las mejores series, salvo por algunos pequeños detalles : a nuestros personajes les falta nivel, el principio de verosimilitud no es respetado casi nunca, y la realidad imita la ficción tanto como en las pantallas sucede lo contrario. Lo más parecido a un Juego de Tronos de Cine de Barrio.

Los canes del rey llevan el collar del lobo civilizado dirigido por el chip en la oreja bien disimulado bajo un repeinado de feria o un despeinado estándar. Todo está sobre papel milimetrado y, mientras las fauces se agitan o languidece la mirada de cachorrillo, se dejan poner y sacar eslabones de una cadena a veces larga como el mes de mayo según el grado de tolerancia que describa el guión del trono de hierro, y sus sagradas escrituras custodiadas por dos leones a la entrada.

Como sucede con algunas historias antiguas esta también comienza en la tierra media, cuna de los canes del rey. Quien codicie la cadena deberá pasar inexorablemente por el centro, eso que algunos asocian con la mal llamada moderación, citándola como el que cita legitimidad democrática. Por la moderación pasaron varios expresidentes. Fueron los mismos que pactaban con nacionalistas catalanes y agitaban el diálogo con ETA para acabar haciendo terrorismo de estado, metiéndonos en guerras de otros y salir por la puerta grande de la jubilación superanticipada llenos de billetes, dejando una estela de corrupción tras de sí o de siglas traicionadas. La moderación -pobre electorado con ansia de paz- era tan sólo un traje, como ese que algunos se ponen para parecer un niño bien en casa de los futuros suegros. La prueba es que ahora los expresidentes vuelven juntos y revueltos a la palestra, palmeando la espalda de la extrema derecha española, pidiendo garrote vil contra la agitación catalana, besando a Trump en la boca, y haciendo un pasillo de honor protector al candidato que pise, bien por la línea, la entrada al palacio destinada a los perros del rey. La moderación era sólo un salvoconducto.

El problema es que a pesar del timo evidente, el desengaño fue -sigue siendo- lento y espasmódico, y la moderación, cada vez más acomplejada y menos mencionada, se convirtió con las nuevas voces en la horterada del siglo. El único exponente auténtico del panorama político español parecía haber sido Franco, él no se andaba con palabrerías, porque entre otras cosas de aquella no hacía falta, de aquella no había rey, ni juego de poltronos, ni perro que ladrase. De ahí que se hiciera evidente la necesidad de un nuevo arranque diestro emergente ultratronado en formato democrático. El super plan para las elecciones generales era un corrimiento de tierras en bloque tricéfalo, pero no cuajó : todo cerró en falso por aquel perfume oportunista que el electorado ya conocía, esta vez vestido con la mueca teatral de la vieja retórica fascista.

Ahora reaparecen los candidatos forcejeando a las puertas de los municipios. Ante el descalabro algunos quieren volver a ser centrocampistas, otros están con el dedo mojado en alto esperando a que sople el viento. Otros no, pero estos últimos tienen la cadena más corta. La teoría definitiva de esta evolución se verá en el siguiente capítulo. Mientras tanto la abstención volverá a crecer junto con el #nomerepresentan gracias a los recientes movimientos políticos que parecen demostrar que el elector sólo cuenta a la hora de votar, y que debe calcular posibles pactos de últimísima hora para decidir la papeleta. La desconfianza del día después está servida en cada feudo donde las combinaciones pueden ser infinitas y el hambre negra.

Algunos perros del rey ladran demasiado. De espaldas a su amo y sin cuestionarlo, hincan las carnes blancas y luego se repliegan. Delante de un sistema inamovible y de un trono de hierro, el elector deberá buscar su propia estrategia : aquella que le permita participar en la construcción de la sociedad más allá de las elecciones. La que insista en estructurar la voz de forma participativa tras los comicios será, curiosamente, la única candidatura que nos incluya a todos. Y para eso hay que votar. No queda otra.

Covadonga Suárez

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