La democracia es un ring

La crítica, la rivalidad, la tensión. Todo eso lo conocíamos. También el patriotismo unificador en momentos dramáticos, pero esto ya no existe. Todo cambia. Ya hemos visto lo que el virus ha influido en nuestras vidas, y hemos leído en prensa variada lo que ha supuesto en nuestros hábitos diarios e incluso lo que ha podido modificar para siempre en nuestra visión de la existencia. Pero se ha insistido poco en el hecho de que, por libre, la democracia se ha convertido en un ring rodeado de griterío y billetes volando, improperios acompañados de gestos pomposos, acusaciones y oráculos. La política se vive como ofensa : el gobierno es una ofensa permanente para el que golpea. La agresión forma parte del paisaje y el objetivo es el KO técnico.

Todo cambia y en nuestro día a día dos realidades discurren paralelas. El desdoblamiento es cada vez más evidente. Nuestro mundo de recogimiento individual no se parece a la sociedad de la matriz a la que nos conectamos para vivir fuera del confinamiento. En el exterior virtual somos nosotros pero con más fuerza, más verborrea, más locuacidad de largo alcance, más libertinaje y más delincuencia. Pues el encierro necesario, la soledad y la familia, ese « daos fraternalmente la paz » de las 8 de la tarde es la comunión instintiva de la supervivencia. La restricción preserva a los demonios que después liberan sus tentáculos en la oscuridad de las redes, a imagen y semejanza del ring parlamentario y los medios atizadores.

Dos no discuten si uno no quiere, pero basta con golpear el primero, como el que responde a una provocación, para crear una sensación de caos. Y desde el principio del virus, ha crecido y se ha propagado a una velocidad mayor que este. El caos.

Las acciones se concentran y se multiplican. En dos días Abascal presenta a Iglesias como un exterminador « con 18000 muertos a sus espaldas », Olona acusa al gobierno de aplicar una « eutanasia feroz » a los ancianos con coronavirus en las residencias, Vox habla de « gestion criminal ». Pero desde el principio, la agitación señala responsables, y pide cabezas. Los bots fotocopian la idea y envían la newsletter hasta el horizonte. Así se extiende la infección.

La deontología del informador se viste en ocasiones del mismo perfume. Pongamos como ejemplo dos portadas del diario El Mundo espaciadas de tan sólo 6 días. La primera interviene en plena polémica por la imagen de la Gran Vía llena de falsos ataúdes que Vox había difundido como si se tratara de una foto hecha por un español anónimo. El Mundo presenta en su portada el Palacio de Hielo lleno de ataúdes. Cualquiera que tenga un mínimo de memoria fotográfica establece una conexión directa entre ambas, y asiste a una legitimación por resonancia de dicha manipulación. Más aún cuando la tesis de fondo es la misma : « tragedia que el Gobierno y sus satélites mediáticos pretenden ocultar », según Vox, « Las CCAA calculan que el número de fallecidos duplica al oficial » según el titular destacado debajo de la foto, en la portada.

Crear un mensaje apoyándose en la información que sugiere el testimonio gráfico, que no deja de ser la composición de un instante, es algo que se repite el 14 de abril. Esta vez se trata de la exposición de un cuerpo sin vida, tras lo que podemos suponer como una imposible reanimación por parte de los servicios de emergencia a juzgar por el torso medio desnudo del cadáver. La escalada amarillista en cuestión de días está al servicio de la tesis sugerida de nuevo por el titular justo encima y que orienta la lectura de la imagen . Aquella « estampa » es responsabilidad del Gobierno : « La crisis se cebará con España por su gestión del coronavirus». La víctima es, por cierto, un inmigrante que parece vivir precariamente.

Nada está escogido al azar porque existe un objetivo. Ese que justifica los medios. Y a los medios, porque, sin entrar en consideraciones deontológicas sobre la imagen en sí, es importante señalar que lo que se ofrece es una lectura e interpretación servidas en formato informativo gracias a la composición y resonancia de portadas. Nunca un periódico ha tenido tanta relevancia como en el momento en que la realidad para miles de ciudadanos son los medios y las redes, prueba de ello es que las suscripciones digitales se han disparado durante la crisis del coronavirus.

El mensaje de toda la operación es que nos gobierna una pandilla de psicópatas incompetentes y que la necesidad de tumbar al gobierno es una cuestión de vida o muerte. ¿Cuál sería la solución? Los hay que ya están aportando ideas y nada tienen que ver con una fórmula democrática. Porque la democracia es, en este paréntesis, un ring estrecho y asfixiante en el que se busca el KO técnico. Y alrededor sólo hay oscuridad.

Covadonga Suárez

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