El virus tiene nombre de mujer

A falta de pin, buenas son tortas. El fracaso del pin parental no fue estruendoso, como era de suponer por la cobertura mediática de sus inicios. Su caída y muerte no interesó, la cuestión se fue apagando como una vela, absorbida por el contexto, como esa música que va perdiendo volumen mientras se pincha un nuevo tema mezclado con el anterior y que cambia ligeramente el ritmo sin romper el ambiente. Ese nuevo tema es el coronavirus.

Ante el escenario actual, todos a una, la oposición se emplea a fondo en dar la cuera del siglo al gobierno que suda la gota gorda ante una crisis sanitaria sin precedentes. El primer paso de los oponentes es ignorar la amplitud internacional del tema para poder enzarzarse sí o sí en una batalla campal de prado. Esta se efectúa en las redes sociales y desde los trampolines de los plenos mientras que el servicio esencial de los medios de comunicación se hace eco de buena parte de los síntomas de esa rabia que se extiende a toda velocidad, viral y vírica, sustentada por el pavor popular predispuesto a exigir culpables.

Me voy a saltar voluntariamente la larga lista de improperios vertidos, de sobra conocidos por todo el que maneje la web. Sólo hagamos un inciso edulcorado que marcó un antes y un después : ese discurso surrealista del rey que, en medio del escándalo millonario familiar, apareció para dar ánimos y se fue por donde había venido, como un antiguo vendedor de pipas en el descanso de la sesión continua.

Dejando a un lado la acidez verbal, como decía, en su lado más tierno Casado pidió banderas a media asta, un funeral de estado y hasta un monumento. Sí, el líder del mismo partido que borró de un memorial los nombres de las víctimas del franquismo y los versos de Miguel Hernández. Evidentemente para él no debe ser lo mismo morir como un héroe por un virus que represaliado por el fascismo, pero más allá del planteamiento, la utilización de las víctimas de coronavirus -como las de ETA en otras ocasiones- forma parte de un historial táctico carente de moral desinteresada. En este caso, la reivindicación del PP tiene como objetivo la construcción de un victimismo social en oposición a la acción gubernamental. Esta única « medida » propuesta por Pablo Casado durante el pleno extraordinario para frenar el avance del coronavirus, interviene en medio de las duras críticas contra la acción del gobierno y un juicio retrospectivo y permanente del 8 de marzo por parte de toda la oposición.

Podríamos intentar hacer un balance de los actos de ese fin de semana, de los intereses de unos y otros por llevarlos a cabo, de los bulos que se hicieron correr y de las justificaciones que se dejaron caer. No sabemos, no tenemos datos sobre lo que podría haber sido y no fue, sobre lo realmente determinante a día de hoy en la propagación y evolución del virus, y lo que hubiese cambiado de haber suprimido uno u otro evento. Son datos que no tendremos en lo inmediato, o que quizás no tendremos nunca. Sólo nos quedan las actitudes, y el juicio que hagamos de ellas.

Por eso me temo que, una vez más, la valoración negativa repetida, retrospectiva y determinista de un evento con una fuerte carga simbólica como la del 8M, está distrayendo no sólo a la hora de acceder a la verdad objetiva. También está poniendo obstáculos para el futuro a una recuperación social y política que implicará a todos los bandos y sectores de la población. Polarizar el problema en el evento del desfile del día de la mujer no es sólo un plan ideológico y oportunista, sino erróneo por indocumentado, y peligroso, por estigmatizador de una culpa original, como símbolo actual de aquella manzana que propagó el caos hasta el final de los tiempos.

 

Covadonga Suárez

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