El suertudo de Jon Snow. Atención, spoiler.

Antes de empezar con el meollo de la cuestión, si algo nos enseña GOT es a alimentar un tremendo sentido de la injusticia poética y a tener en cuenta que el destino es el caballo más salvaje que podrás (o no) montar. A partir de esta premisa que convirtió la serie en un clásico de todos los tiempos, podríamos entender el porqué del desajuste de la última temporada y del precipitado devenir de los últimos aspirantes al trono de hierro. Pero no. Sólo eso no sirve para justificar la incongruencia de ciertas maniobras narrativas de última hora ni el placaje burdo a todo personaje secundario o al pueblo mismo. Sí, el pueblo, esa masa que entroniza de antemano a los líderes, les da alas, los coloca en posición de ataque, y propulsa los cambios. Ya sean los Salvajes, los pueblos liberados por la madre de dragones, o los habitantes de Desembarco del Rey, se convierten en meros instrumentos cuando no en víctimas-objeto, como si el aura gloriosa e universal de un destino común dependiese al final de asuntos de alcoba, de políticas oportunistas y soluciones individualistas, como de hecho sucede a menudo. Muchos de nosotros esperábamos otra cosa, pero casi todos los personajes principales salen trasquilados, desmitificados, cuando no caricaturizados, por las gruesas pinceladas de actos, palabras u omisiones de última hora.

Quiero romper sin embargo una lanza en favor del que, en mi opinión, se libra de la debacle antipersona : Jaime Lannister. Al principio parecía haber nacido para ser el príncipe engreído y cruel de Shrek, y se revela sin embargo en sus idas y y venidas el más real, coherente a cada instante en su peligrosa imperfección, en su caótica evolución de matareyes y rompeniños a un contradictorio y depurado noble hacia la caída final. Cuando el devenir de los episodios lo va situando en el bando correcto y en el lecho correcto, y aplaudimos su reencarnación, porque “se ve que él no es como su hermana” – diríamos, acompañando el discurso de Brienne de Tarth al pie del caballo- nos deja de piedra con su respuesta, lapidaria, real, inamovible, evidente, y devastadora de autenticidad en su amor eterno al monstruo : vuelve para morir con Cersei. Su recaída no es tal sino que tan sólo habíamos asistido a un aplazamiento de su propio destino, y ello le confiere la solidez constructiva de un monolito.

En el pabellón vip de la serie hay secundarios de lujo que ya han caído en el olvido, sólo citaré a dos como ejemplo. Uno de ellos es el personaje al que La Montaña revienta la cabeza en una escena difícilmente olvidable. El carismático Oberyn Martell parecía traer un mundo a sus espaldas y otro mundo interior que se asomaba como una promesa que duró lo que duró la cuarta temporada. El otro es el elegantísimo Petyr Baelish que lo llenaba todo con un presto movimiento del vuelo de su atuendo impecable y su imperturbable y comercial sonrisa, manipulador despiadado de enamoramiento reptiliano en dos tiempos, estrangulado por su propia ambición.

Y tantos otros, que sustentaron y salvan la autenticidad de la serie. Pero volviendo a los últimos episodios, nos quedaremos con las ganas de saber por qué Arya, que renuncia a una vida “normal” para seguir construyéndose y aprendiendo, después de haber sufrido voluntariamente lo indecible para forjarse como sabia guerrera a lo largo de las temporadas, ella que maneja la espada como nadie, incorruptible, inquebrantable, poderosa, que acabó con el reino de la noche sin tan sólo un pequeño agradecimiento de los dos herederos en potencia que peinaban la zona paseando los dragones a una altura prudente mientras los muertos se comían a los vivos. Nos quedamos sin saber por qué no le han adjudicado un puesto de honor en el olimpo de los dioses, y por qué tras un desenlace de tragedia griega los poderosos eligen a Bran, como heredero definitivo. Me imagino que por sabio, vidente, clarividente, desprovisto de ambición y tullido. De esto último se derivaría una ausencia de formación o de pulsión militar, así como la falta de cualquier interés hereditario por una más que improbable descendencia. Una buena idea cuando se trata de buscar la paz duradera… al menos de momento.

¿Pero qué hay del pueblo? Qué quiere el pueblo? Y en el pueblo incluyo al Reino del Norte y a los otros seis reinos, y a los pueblos que vinieron con Daenerys y al resto, entre los que me incluyo yo y os incluyo a vosotros, como a tantos otros espectadores a los que nos anunciaron que la rompedora de cadenas redimiría el mundo por virtud del fuego. Esta serie nos enseñó que un rey debe ser un líder y que sólo el pueblo legitima al rey -qué cosas, eh-. Y aquí llegamos a la debacle narrativa. Y quizás a un mensaje subliminal que nos susurra que el pueblo unido puede ir a freír espárragos, porque así viene siendo desde siempre, que son los gobernantes los que deciden, que por muy legítima que sea Daenerys, se deslegitimó con sus acciones, y su discurso comunista acabó en destrucción masiva, y anunciaba aún más. Háganse los paralelismos que se quieran porque esto merece un estudio aparte. Algún día también tendrán que explicarnos por qué a Dany se le va la pinza en tan solo un episodio para no volver jamás. Pero volvamos a la legitimidad hereditaria y de ficción, la que nos debían los guionistas.

Los guionistas nos acercaban al trono a Jon Snow a la misma velocidad que Daenerys. Sus características eran las ideales : hijo ilegítimo, leal, cercano al pueblo y desprovisto de ambición, unico varón del norte con dotes reproductivas y de mando tras la desaparición de su hermano (heredero directo Stark asesinado con toda su familia) salvo por un pequeño detalle : la existencia de Daenerys, heredera de los 7 reinos, rompedora de cadenas, y un largo etcétera, con el resplandor evidente de un ser mitológico. Pero ¿quién era Jon Snow, aparte del buen bastardo resignado y el mejor amigo de sus amigos hasta que descubrimos su filiación que lo vinculaba también a la casa Targaryen? Un tipo con mucha suerte. Un luchador de la nieve al que muchas mujeres le sacaron las castañas del fuego desde la primera temporada (incluso al nacer) protegido en la edad adulta por una salvaje, resucitado por una bruja roja, adorado por sus hermanas, para acabar siendo el rey de su propia reina. Y nos lo han colocado como alternativa final casi segura, porque él no quería gobernar, con su cara de torturado congénito y su forma de desplazarse como si el traje le pesara una tonelada o no pudiera con su destino de superrey.

Si Jon Snow hubiera tenido la estola del héroe prometido no habría permitido que Tyrion se sacrificase tras el genocidio de su pueblo, probablemente lo hubiese hecho él mismo, como probablemente no habría pronunciado por enésima vez you are my queen mientras ponía fin a su reina con un apasionado beso y una espada. Demasiado para un Stark criado en segunda fila, obsesionado desde su nacimiento por sacrificarse, cerrar el pico y no decepcionar. En el episodio final no se le ve en ningún momento desvastado, agotado por la responsabilidad o la pérdida. Su gesto facial y su porte narrativa no son ni más ni menos los mismos que cuando se aburría como una rata con la Guardia de la Noche en las primeras temporadas. Y se libra de todo como Tintín en el país de los soviets.

Guionistas, para qué os quiero. Pero sobre todo por dos motivos :

Uno, la resignación cristiana de Gusano Gris, inmaculado supremo y recien nombrado comandante general de su ejército por Daenerys. Recordemos su condición de inmaculado, castrado desde niño para amarrar su destino de guerrero, esclavo militar liberado que decide seguir a su rompedora de cadenas, recordémoslo ejecutando hasta el último de los soldados de Cersei rendidos y de rodillas con sus reyes ya muertos y todo el pueblo de Desembarco del Rey inerte y humeante. El, a quien en dos episodios despojan de su pasado, de su presente, de su futuro, de su amor, y de su mentora profeta, tiene un rapto de objetor de conciencia tras la ejecución de su kalheesi a manos de Jon y en lugar de hacer con él una obra de carnicería muestra la civilizada lucidez de enviarlo a prisión preventiva. Acto seguido, la labia fuera del tiempo de un Tyrion condenado y a punto de ser ajusticiado convence al guerrero de cuáles son las prioridades del momento, delante de la junta de accionistas de los 7 reinos llegados de repente no se sabe de dónde ni por qué. Alucinante, pero aún desconocemos las conexiones mentales que hicieron que no se los cargara a todos allí mismo.

Dos : la misteriosa clemencia del dragón cuando descubre a Jon en flagrante delito con el cuerpo de Daenerys atravesado por su espada. Por mucha sangre de dragón que tuviese el chaval, Daenerys era la madre de todo dragón, y Jon Snow no era nadie. Nadie más que un invitado. Y con el desprecio improvisado que le inflige la última carambola narrativa, ahora lo sabemos con certeza. Sólo era un tipo con mucha suerte.

Y ese es el gran drama de GOT, que muchos tardarán más de un eterno invierno de aquellos en perdonar.

 

Covadonga Suárez

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La exuberante quietud del cisne

Yo recuerdo aquel domingo 24 de noviembre de 1991.

O más bien el lunes, fue en la facultad. Recuerdo a un chico desgarbado, enorme para aquel minicoche de segunda mano que le servía de utilitario, y ante el que se plegaba como una mesa de camping cuando quería introducirse en él. Yo no sé si era lo exiguo del habitáculo o las dimensiones del propietario, pero cuando entrábamos dos o tres no se veía gran cosa en su interior. Me crucé con ese chico dos o tres veces, no recuerdo su nombre ni la marca del vehículo, pero recuerdo lo que dijo aquel 25 de noviembre del 91 delante de la facultad. Su coche parecía más ensombrecido que nunca, una melodía salía de él transformándolo en caja de música, y nos dijo con una cara que parecía inexpresiva pero que era el reflejo de una gravedad mayor : «el que quiera subir que suba, pero esta semana en mi coche sólo se escucha a Queen, es mi homenaje a Freddie». Continuar leyendo «La exuberante quietud del cisne»

La mariconez en su elemento

¿Cómo extirpar del lenguaje común toda una serie de expresiones de los machistas u homófobos de otro tiempo? Resulta muy complicado cuando ya están tan asimiladas en el lenguaje común, sin embargo, después de lo que ha pasado en Operación Triunfo con la palabra «mariconez» no me imagino a nadie cantando como Loquillo en 1987: «que no la encuentre jamás o sé que la mataré». Lo que ha cambiado el planteamiento a través de los años han sido las víctimas de discriminación y de violencia, y que ciertos comportamientos hayan entrado en la esfera de lo público, generando una respuesta socialmente responsable ante el problema.

Sin embargo me gustaría analizar la «mariconez» en su elemento. El que conoce a Mecano lo sabe: las canciones las escribían los chicos. La temática y los estilos eran múltiples, las atmósferas variadas, se trataba de creaciones en el más amplio sentido de la palabra, y hasta tal punto que la vocalista cantaba a menudo en masculino. Continuar leyendo «La mariconez en su elemento»

Un logro subyacente

Yo también he ido a ver “Los increíbles 2” pero, aunque es tentador analizar el contexto sociopolítico de su realización, prefiero hablar -desde mi cerebro particular con briznas de universalidad- de lo que lo que la película es capaz de vehicular en una sala de cine cuyo público es en su mayoría desconocedor de la actualidad internacional, por cuestiones de edad mayoritariamente.

Para empezar quizás convendría recordar que el punto de partida es una familia de superhéroes : el padre, Mr. Increíble, la madre Elastigirl, y los hijos (la niña-adolescente Violeta, su hermano mediano Dash y el bebé Jack-Jack). En esta segunda entrega la sociedad rechaza a los superhéroes por todos los daños colaterales que provocan cuando intervienen, por esta razón los políticos los han ilegalizado. El proyecto del multimillonario Winston Deavor consiste en propulsar a Elastigirl para convencer al mundo de que los héroes son necesarios. ¿Por qué ella? Porque, como si de un estudio de marketing se tratara, ella es la que más puntúa en el ranking de la relación eficacia-coste, es decir, la que produce mejores resultados y provoca menos desperfectos. Continuar leyendo «Un logro subyacente»