Bulo Boom

Con la supremacía de las redes sociales y los servicios de mensajería como medio de expresión y de información en época de coronavirus, «bulo» es una de las palabras más pronunciadas de la primavera por su presencia, solapadamente continua, en nuestras vidas. «La mentira es algo que se esconde para no tener que existir», cantaba Santiago Auserón en otro siglo.

Es algo que no se tiene muy presente pero el bulo no es una creación pura. El bulo es un artefacto incompleto por su necesidad de amarre para germinar. Como un virus, necesita un cuerpo. Es el parásito por excelencia, no tanto por el daño que pueda infligir como por su propagación y su supervivencia. Por nutrirse de realidad, y desvirtuarla tras sacar partido. Como el vampiro que se alimenta de sangre, el bulo se aferra a la vida para existir y subsistir. Esta sanguijuela comunicativa de hiperimpacto social es la herramienta destructiva de los que aspiran a poderosos y el juguete de los que juegan a reafirmarse.

La manipulación simple es su estado embrionario. El bot su ramificación informática. El bulo, como actitud total ante la vida, se revela como un indirecto medidor de escrúpulos frente a los objetivos marcados. La cobertura que ofrece mientras dura el engaño se superpone a otros bulos y a toda una armada de personajes de doble faz cimentada, creando un ambientillo que es ahora el pan nuestro de cada día. Y lo practican desde el showman de youtube hasta el comunicador acreditado.

Después, el bulo de tejido soft de la firma de prestigio, con la mentirijilla que huele a dato o la paja en el ojo ajeno que no conoce la autocrítica, esa retórica del acoso y derribo llega al hemiciclo donde se juega nuestra salud, empobreciendo como nunca el debate parlamentario. Son actitudes cuyo ruido confunde y hace zozobrar la poca estabilidad de un estado de alarma. Más que convencer a las masas a largo plazo, sí pueden calentar los cascos de los psicópatas y afilar la angustia de una sociedad ya de por sí asfixiada por la crisis sanitaria y económica. Ese está siendo el plan B (a falta de plan A) de una oposición inexistente para crear soluciones, que apostaba por la confusión ya hace más de dos años.

[Abramos un pequeño paréntesis- souvenir.

Con la insistencia diaria de Ciudadanos y PP durante el conflicto catalán, Cataluña es hoy para muchos españoles la tierra que persigue al catellanoparlante, cuyas calles arden a manos de antiespañoles y cuyos profesores lavan el cerebro con lejía desde los tiempos de Moisés. Con la presencia parlamentaria de Vox, la propuesta del pin parental, secundada por sus socios, pretendía frenar el aprendizaje de la sodomía de los tiernos cerebros a manos de los chavistas, los mismos (a ratos bolivarianos) que querían castrar al hombre en aras de un feminismo de mantis religiosa. Y aquí la derecha se apoyaba de refilón en datos de violencia de género sesgados por métricas imposibles.]

Ahora, siguiendo con el juego, el gobierno de alianzas demoníacas se dedicaría a exterminar a la población alegremente. Y todo es carne de fiscalía y denuncia.

La escenificación para la prolongación del último estado de alarma no fue muy brillante. Ningún discurso lo fue realmente. Casado bailando entre lo dicho, lo amenazado y lo hecho, Abascal en su mundo paralelo. Sánchez monótono, dedicándole toda la atención a un Casado incoherente que no merecía tanto. Pero puede que el presidente lograse algo que quizás no se había planteado : ningunear a Abascal tachándolo de incomprensible, subrayando, con las odiosas comparaciones entre hermanos, que Casado lo había dejado sin espacio político. Si Sánchez no estuvo memorable, la oposición volvió a lo de siempre y a la desesperada. Por primera vez fue patente cómo la estrategia de la destrucción sin ánimo de construir carece de puntos de apoyo a largo plazo.

Sin embargo, el farol descubierto, expuesto al fin a todas las miradas, sólo cosecha un momentáneo ridículo de cazador cazado : pongamos por ejemplo al Abascal gayfriendly que afloró en su discurso, un momento impagable. Pero la mayoría de las veces, la jeta del difusor de bulos le permite rebotar y caer de pie, o de invitado a cualquier tertulia. Tirarse en el área y fingir penalty ya es casi un tácito gaje del oficio de cualquier rama influyente.

El boom del bulo es el resultado de una evolución moral al subsuelo del debate político y social, concebido como un terreno oportunista de beneficio partidista o personal, máximo reflejo de la incapacidad para cambiar las cosas por mecanismos democráticos. Y tan imbricado en lo noticiable que hasta algunos medios se hacen eco para servir a su línea editorial.

Covadonga Suárez

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