El rostro de la criada

Todo el mundo ha oído hablar de la serie « El cuento de la criada », y muchos ya habrán visionado la tercera temporada. Al margen de los aspectos ya  destacados (machismo, fascismo, integrismo, sociedad distópica), después de haber muerto y revivido personalmente en Gilead durante 23 episodios, diría que lo que termina de hacerla única es en cierto modo la revelación mística de un rostro profano y familiar.

En un primer momento el miedo de las víctimas, amenazadas y torturadas por la determinación de un sistema implacable, es la evidencia más poderosa. La incapacidad de la especie humana para engendrar ha obligado a reestructurar políticamente el mundo para dotarlo de esquemas sociales adaptados, vertebrados por un orden espiritual muy antiguo, aunque bajo un formato verbal novedoso que va del saludo « Con su mirada », a la frase de contacto « Nos han traído buen tiempo » o a las que recuerdan el único destino posible : « Bendito sea el fruto » « El Señor permita que madure ».

El sistema de valores gira en torno a la fecundidad y reduce el papel de la mujer a la mera función reproductora en el caso de las criadas, o a la función de madres en el caso de las esposas. En ambas categorías el acondicionamiento necesario al nuevo orden las vacía intelectualmente, las repliega socialmente y glosa sus destinos con las palabra divina. A pesar del prisma masculino que instrumentaliza la Biblia para sacralizar la sumisión, la ambivalencia interpretativa de las sagradas escrituras queda patente, precisamente, en su manipulación al servicio del poder, dogmatizando el control de ese mundo. El sacrificio de las hembras, en ese contexto, dignifica la existencia de quien no tiene otro cometido.

Tras la última puerta entreabierta se insinúa la deriva destructora de nuestro mundo que nos llevaría, distopías aparte, a la infertilidad resultante de la aniquilación de nuestro entorno a múltiples niveles, y a los cambios políticos y sociales que eso conllevaría.

A partir de ahí, pero por unos cauces mucho más cercanos e instintivos comenzamos a situarnos enfrente del espejo. Constatamos que el cuento de la criada es un relato en estado latente que podríamos contar con nuestras propias palabras y hechos. Porque, en realidad, no cuenta nada nuevo, es una vieja historia, y sobre todo fibras adentro.

Es aquí donde se perfila el rostro de la criada : su cuento es una historia de carne y piel cuya fragancia lo invade todo. La vida, despojada de libre arbitrio, es una herida permanentemente abierta, el amor una hendidura voluntaria e inevitable, percibida como un asalto de árboles perfumados en el campo minado del valle de lágrimas. En el estrangulamiento del desarrollo personal femenino -realización profesional y social aniquiladas- sólo quedaría la carne. A través de un discurso absolutamente feminista, la maternidad constituye en la serie la única realidad tangible para aquellas que pueden parir y aquellas que no pueden. Todo gira en torno a ello, y no existe vida fuera de la que se otorga. A pesar del castigo seguro, desgarrador e inapelable a quien no se pliegue a la única dicotomía posible, a pesar de la ausencia absoluta de piedad hacia quien no asuma el nuevo -viejo- mundo, todo huele a entrañas tiernas pero insobornables. Y podemos oír el amor constante, incondicional, en su discurrir subterráneo, ahogado en su propio ejercicio aislado, como un soliloquio ardiente y silencioso, ya sea materno -extirpado o ansiado-, ya sea erótico -herético-.

La cascada de primeros planos que avasallan a la actriz que encarna a la criada hacen que sus ojos se sequen en sus propias lágrimas, que nos acostumbremos a sus espasmos reprimidos, que respiremos su perfume femenino y materno. Con el roce de los goznes de la mujer que no puede leer ni escuchar música, ni ser erudita, ni sabia, ni culta, ni audaz, ni tan siquiera comunicativa, hacemos nuestra su pecaminosa culpa inducida, nunca asumida, y sumergida en un oráculo ancestral. Recordamos fatalmente, desde este lado del espejo, el destino que nos fue ungido y luego borrado por la conquista social, y percibimos la libertad como un animal nuevo y un lujo arriesgado.

« El cuento de la criada » caligrafía estigmas en la piel de la que mira y revela la herida primaria de la propia elección. Resistir individual y/o colectivamente supone, a pesar del pánico, algo inexorable : no es visible como actitud ni como opción, pero sí como única respuesta, feroz, a pesar de todas las muertes.

Nunca la consciencia fue tan intuitiva, brutal y perseverante.

 

Covadonga Suárez

El suertudo de Jon Snow. Atención, spoiler.

Antes de empezar con el meollo de la cuestión, si algo nos enseña GOT es a alimentar un tremendo sentido de la injusticia poética y a tener en cuenta que el destino es el caballo más salvaje que podrás (o no) montar. A partir de esta premisa que convirtió la serie en un clásico de todos los tiempos, podríamos entender el porqué del desajuste de la última temporada y del precipitado devenir de los últimos aspirantes al trono de hierro. Pero no. Sólo eso no sirve para justificar la incongruencia de ciertas maniobras narrativas de última hora ni el placaje burdo a todo personaje secundario o al pueblo mismo. Sí, el pueblo, esa masa que entroniza de antemano a los líderes, les da alas, los coloca en posición de ataque, y propulsa los cambios. Ya sean los Salvajes, los pueblos liberados por la madre de dragones, o los habitantes de Desembarco del Rey, se convierten en meros instrumentos cuando no en víctimas-objeto, como si el aura gloriosa e universal de un destino común dependiese al final de asuntos de alcoba, de políticas oportunistas y soluciones individualistas, como de hecho sucede a menudo. Muchos de nosotros esperábamos otra cosa, pero casi todos los personajes principales salen trasquilados, desmitificados, cuando no caricaturizados, por las gruesas pinceladas de actos, palabras u omisiones de última hora.

Quiero romper sin embargo una lanza en favor del que, en mi opinión, se libra de la debacle antipersona : Jaime Lannister. Al principio parecía haber nacido para ser el príncipe engreído y cruel de Shrek, y se revela sin embargo en sus idas y y venidas el más real, coherente a cada instante en su peligrosa imperfección, en su caótica evolución de matareyes y rompeniños a un contradictorio y depurado noble hacia la caída final. Cuando el devenir de los episodios lo va situando en el bando correcto y en el lecho correcto, y aplaudimos su reencarnación, porque “se ve que él no es como su hermana” – diríamos, acompañando el discurso de Brienne de Tarth al pie del caballo- nos deja de piedra con su respuesta, lapidaria, real, inamovible, evidente, y devastadora de autenticidad en su amor eterno al monstruo : vuelve para morir con Cersei. Su recaída no es tal sino que tan sólo habíamos asistido a un aplazamiento de su propio destino, y ello le confiere la solidez constructiva de un monolito.

En el pabellón vip de la serie hay secundarios de lujo que ya han caído en el olvido, sólo citaré a dos como ejemplo. Uno de ellos es el personaje al que La Montaña revienta la cabeza en una escena difícilmente olvidable. El carismático Oberyn Martell parecía traer un mundo a sus espaldas y otro mundo interior que se asomaba como una promesa que duró lo que duró la cuarta temporada. El otro es el elegantísimo Petyr Baelish que lo llenaba todo con un presto movimiento del vuelo de su atuendo impecable y su imperturbable y comercial sonrisa, manipulador despiadado de enamoramiento reptiliano en dos tiempos, estrangulado por su propia ambición.

Y tantos otros, que sustentaron y salvan la autenticidad de la serie. Pero volviendo a los últimos episodios, nos quedaremos con las ganas de saber por qué Arya, que renuncia a una vida “normal” para seguir construyéndose y aprendiendo, después de haber sufrido voluntariamente lo indecible para forjarse como sabia guerrera a lo largo de las temporadas, ella que maneja la espada como nadie, incorruptible, inquebrantable, poderosa, que acabó con el reino de la noche sin tan sólo un pequeño agradecimiento de los dos herederos en potencia que peinaban la zona paseando los dragones a una altura prudente mientras los muertos se comían a los vivos. Nos quedamos sin saber por qué no le han adjudicado un puesto de honor en el olimpo de los dioses, y por qué tras un desenlace de tragedia griega los poderosos eligen a Bran, como heredero definitivo. Me imagino que por sabio, vidente, clarividente, desprovisto de ambición y tullido. De esto último se derivaría una ausencia de formación o de pulsión militar, así como la falta de cualquier interés hereditario por una más que improbable descendencia. Una buena idea cuando se trata de buscar la paz duradera… al menos de momento.

¿Pero qué hay del pueblo? Qué quiere el pueblo? Y en el pueblo incluyo al Reino del Norte y a los otros seis reinos, y a los pueblos que vinieron con Daenerys y al resto, entre los que me incluyo yo y os incluyo a vosotros, como a tantos otros espectadores a los que nos anunciaron que la rompedora de cadenas redimiría el mundo por virtud del fuego. Esta serie nos enseñó que un rey debe ser un líder y que sólo el pueblo legitima al rey -qué cosas, eh-. Y aquí llegamos a la debacle narrativa. Y quizás a un mensaje subliminal que nos susurra que el pueblo unido puede ir a freír espárragos, porque así viene siendo desde siempre, que son los gobernantes los que deciden, que por muy legítima que sea Daenerys, se deslegitimó con sus acciones, y su discurso comunista acabó en destrucción masiva, y anunciaba aún más. Háganse los paralelismos que se quieran porque esto merece un estudio aparte. Algún día también tendrán que explicarnos por qué a Dany se le va la pinza en tan solo un episodio para no volver jamás. Pero volvamos a la legitimidad hereditaria y de ficción, la que nos debían los guionistas.

Los guionistas nos acercaban al trono a Jon Snow a la misma velocidad que Daenerys. Sus características eran las ideales : hijo ilegítimo, leal, cercano al pueblo y desprovisto de ambición, unico varón del norte con dotes reproductivas y de mando tras la desaparición de su hermano (heredero directo Stark asesinado con toda su familia) salvo por un pequeño detalle : la existencia de Daenerys, heredera de los 7 reinos, rompedora de cadenas, y un largo etcétera, con el resplandor evidente de un ser mitológico. Pero ¿quién era Jon Snow, aparte del buen bastardo resignado y el mejor amigo de sus amigos hasta que descubrimos su filiación que lo vinculaba también a la casa Targaryen? Un tipo con mucha suerte. Un luchador de la nieve al que muchas mujeres le sacaron las castañas del fuego desde la primera temporada (incluso al nacer) protegido en la edad adulta por una salvaje, resucitado por una bruja roja, adorado por sus hermanas, para acabar siendo el rey de su propia reina. Y nos lo han colocado como alternativa final casi segura, porque él no quería gobernar, con su cara de torturado congénito y su forma de desplazarse como si el traje le pesara una tonelada o no pudiera con su destino de superrey.

Si Jon Snow hubiera tenido la estola del héroe prometido no habría permitido que Tyrion se sacrificase tras el genocidio de su pueblo, probablemente lo hubiese hecho él mismo, como probablemente no habría pronunciado por enésima vez you are my queen mientras ponía fin a su reina con un apasionado beso y una espada. Demasiado para un Stark criado en segunda fila, obsesionado desde su nacimiento por sacrificarse, cerrar el pico y no decepcionar. En el episodio final no se le ve en ningún momento desvastado, agotado por la responsabilidad o la pérdida. Su gesto facial y su porte narrativa no son ni más ni menos los mismos que cuando se aburría como una rata con la Guardia de la Noche en las primeras temporadas. Y se libra de todo como Tintín en el país de los soviets.

Guionistas, para qué os quiero. Pero sobre todo por dos motivos :

Uno, la resignación cristiana de Gusano Gris, inmaculado supremo y recien nombrado comandante general de su ejército por Daenerys. Recordemos su condición de inmaculado, castrado desde niño para amarrar su destino de guerrero, esclavo militar liberado que decide seguir a su rompedora de cadenas, recordémoslo ejecutando hasta el último de los soldados de Cersei rendidos y de rodillas con sus reyes ya muertos y todo el pueblo de Desembarco del Rey inerte y humeante. El, a quien en dos episodios despojan de su pasado, de su presente, de su futuro, de su amor, y de su mentora profeta, tiene un rapto de objetor de conciencia tras la ejecución de su kalheesi a manos de Jon y en lugar de hacer con él una obra de carnicería muestra la civilizada lucidez de enviarlo a prisión preventiva. Acto seguido, la labia fuera del tiempo de un Tyrion condenado y a punto de ser ajusticiado convence al guerrero de cuáles son las prioridades del momento, delante de la junta de accionistas de los 7 reinos llegados de repente no se sabe de dónde ni por qué. Alucinante, pero aún desconocemos las conexiones mentales que hicieron que no se los cargara a todos allí mismo.

Dos : la misteriosa clemencia del dragón cuando descubre a Jon en flagrante delito con el cuerpo de Daenerys atravesado por su espada. Por mucha sangre de dragón que tuviese el chaval, Daenerys era la madre de todo dragón, y Jon Snow no era nadie. Nadie más que un invitado. Y con el desprecio improvisado que le inflige la última carambola narrativa, ahora lo sabemos con certeza. Sólo era un tipo con mucha suerte.

Y ese es el gran drama de GOT, que muchos tardarán más de un eterno invierno de aquellos en perdonar.

 

Covadonga Suárez

Pero ¿quién era Jon Snow, aparte del buen bastardo resignado y el mejor amigo de sus amigos hasta que descubrimos su filiación? Clic para tuitear

Los canes del rey. Capítulo I.

Delante de nosotros se suceden uno a uno los episodios de forcejeos y traiciones, que ya quisieran para sí algunas plataformas de difusión de las mejores series, salvo por algunos pequeños detalles : a nuestros personajes les falta nivel, el principio de verosimilitud no es respetado casi nunca, y la realidad imita la ficción tanto como en las pantallas sucede lo contrario. Lo más parecido a un Juego de Tronos de Cine de Barrio.

Los canes del rey llevan el collar del lobo civilizado dirigido por el chip en la oreja bien disimulado bajo un repeinado de feria o un despeinado estándar. Continuar leyendo «Los canes del rey. Capítulo I.»

De la feminista liberal al machoide retráctil

Todo empezó con Cifu, ¿os acordáis? La Cifuentes, la antes rubia que cobarde. La del feminismo a la sombra del hombre que dispone mientras la mujer pone los ojos en blanco. Lo bueno de Cifuentes es que, mentirijillas, masters y cremas a parte, no se ponía etiquetas para existir, todo caía por su propio peso, hasta que cayó con todo el equipo. Pero, ¿quién se atreve a decir hoy eso de que una mujer consigue más haciéndose la tonta ? Con una frase así podrían haberse hecho camisetas-evento, pero entonces todavía estábamos lejos del triatlón como movimiento preferido de la derecha. De aquella Rajoy sudaba la gota gorda en solitario con todo lo que se le venía encima y tenía alrededor, porque de aquella Vox aún no estaba en la foto de familia. Continuar leyendo «De la feminista liberal al machoide retráctil»

Insert politicoin

El politicoin está en todas las mentes, intangible como una moneda virtual y real como la urna misma. Esta vez la presión está al límite, y la abstención no se contempla como posibilidad electoral : la nueva moneda ha sido creada para llevarnos hasta los colegios por encima de jaquecas, desengaños, o domingos pascuales. El politicoin, de un valor incalculable para la clase política, acompaña cada transacción entre ésta y el pueblo, calienta la olla express, le pone nombre a las cosas y cifras al recuento final.

Si entendemos su existencia como un valor en alza, el politicoin se estaría cotizando como nunca : cada mentira, cada manifestación pre-golpe de estado, cada diez minutos en Waterloo supone un politicoin que si no se va para un lado se va para otro. Continuar leyendo «Insert politicoin»

El bellaquismo sin fisuras

La izquierda se toma diluida, dicen las malas lenguas, las de dentro, las de fuera y las de alrededor. Los electores temblorosos y cabreados se echan las manos a la cabeza ante la estampida de Errejón, otros aplauden el valiente gesto, y los de enfrente esbozan sonrisas ladeadas porque el bolchavismo antipatriota se les ha atragantado.

Todos tranquilos. Sólo es una cuestión de punto de vista. Nada ha cambiado en realidad, esto ya era así. Los que hemos cambiado hemos sido nosotros. Pero hay que decir que la clase política nos ha ayudado. Y mucho. Por algo están para servir a España y al pueblo que los sostiene y sustenta. Continuar leyendo «El bellaquismo sin fisuras»

Pablito cree en los reyes

Va a resultar que a estas alturas Pablito cree en los reyes.

Sin embargo, a día de hoy, y tras cuarenta años de escarceos democráticos, ya tendría que haberse percatado de que la supervivencia de la institución pasa por el discurso preciso en el momento adecuado, que cada palabra que sale de la boca del rey está orientada desde su gestación por los especialistas de la recámara a barnizar de dorado la estola del monarca, que creer es más que nunca un acto de voluntariado.

Y a pesar de ello, Pablito no pudo evitar emocionarse el 24 por la noche. Y lo tuiteó. Un discurso acertado el del rey en Navidad para una institución insuficiente y desfasada. Pero, Pablito en qué quedamos, ¿es inútil o acertado? Continuar leyendo «Pablito cree en los reyes»

El micrófono

El micrófono omnipotente y caprichoso, en otros mundos de fantasía era un espejo, espejito mágico, aquel objeto de vanidad que empujó a una madrastra al más abominable de los crímenes. Un espejo refleja la realidad pero devuelve lo que uno ve, una imagen consensuada con el propio cerebro, que acto seguido desea diseñar el rostro. Por preservar ese rostro que se pretende, si no el más hermoso, sí el más aparente, rodarán el resto de las cabezas. Ese espejo es un micrófono.

La imagen pactada se hace palabras, autoimagen y proyección.

Aunque hay preguntas que pueden asaltarnos ante la insólita administración del micrófono, del estilo : ¿Por qué le ponen sin cesar el micrófono a Aznar como a un profeta ?, dejemos eso a un lado de momento, porque antes de seguir, cualquier coach empezaría por destapar la insólita verdad : si partiéramos de la base de que el que tiene un micrófono proyecta una imagen, desmontaríamos en una tarde los tenderetes de los mercaderes del templo. Continuar leyendo «El micrófono»

La exuberante quietud del cisne

Yo recuerdo aquel domingo 24 de noviembre de 1991.

O más bien el lunes, fue en la facultad. Recuerdo a un chico desgarbado, enorme para aquel minicoche de segunda mano que le servía de utilitario, y ante el que se plegaba como una mesa de camping cuando quería introducirse en él. Yo no sé si era lo exiguo del habitáculo o las dimensiones del propietario, pero cuando entrábamos dos o tres no se veía gran cosa en su interior. Me crucé con ese chico dos o tres veces, no recuerdo su nombre ni la marca del vehículo, pero recuerdo lo que dijo aquel 25 de noviembre del 91 delante de la facultad. Su coche parecía más ensombrecido que nunca, una melodía salía de él transformándolo en caja de música, y nos dijo con una cara que parecía inexpresiva pero que era el reflejo de una gravedad mayor : «el que quiera subir que suba, pero esta semana en mi coche sólo se escucha a Queen, es mi homenaje a Freddie». Continuar leyendo «La exuberante quietud del cisne»

La era de la política friki

 

Hoy quiero llamar a las cosas por su otro nombre.

Hay que reconocer que cuando en cuestión de días el Supremo nos tira encima la hipoteca de los bancos, se lincha a un humorista por sonarse a la bandera, y se descubre a un franquista amenazando con asesinar al presidente del gobierno, ya tenemos pruebas suficientes para comprobar que todo ha cambiado. La verdad es que esto no sería posible sin la tendencia que ocupa nuestra cabeza desde la moción de censura que barrió del poder a la corrupción. Esas bacterias estaban ahí antes, como pasa siempre con los síndromes paulatinamente envolventes y enajenantes, pero ahora se manifiestan en la propia piel. Estamos en la era de la política friki. Continuar leyendo «La era de la política friki»